Mil veces más

Sumergido hasta la nariz, Marius avanzó en silencio por los túneles de deshechos de la Colmena Hades. Frente a él, también en pretendido sigilo, andeaba un orko, cubierto por los desechos hasta más arriba de la censura: una mole brutal de casi dos metros y más de cien kilos de músculo y tendones, apenas cubierta por una tosca armadura, y con un casco pintado como si fuera una calavera.

Marius se deslizó detrás de él sin hacer un ruido, más dejándose llevar por las corrientes del torrente de suciedad que nadando, y desenfundó un cuchillo, su única pertenencia. Entre los resoplidos y gruñidos del orko, pudo oír el sutil ruido que hacía su compañero al descorrer el seguro de su pistola bólter. No podía ver a su compañero, pero sabía que estaba ahí, como sabía que también estaba ahí el otro komando orko de la patrulla. Siempre se movían en parejas para explorar los túneles.

Todo acabó en unos segundos. El estallido del disparo bólter en un espacio tan reducido llenó su mundo de ruido durante unos segundos, pero Marius ya estaba preparado y saltando. Saltar era la mejor manera de obtener la inercia suficiente para atravesar la piel de los orkos, dura como el cuero, con su cuchillo. La cuchillada fue perfecta, penetrando entre dos vértebras y seccionando la columna vertebral de al monstruosa criatura. No obstante, no todo el cuerpo del orko fue tan rápido en asumir que ya estaba muerto, y su formidable brazo se estrelló contra el pecho de Marius, derribándolo en el agua. Cuando su visión dejó de fluctuar, pudo ver que su compañero Rodor ya estaba saqueando el cadaver de su presa.

-“Eres torpe y descuidado”-dijo, girándose un segundo hacia Marius-“Un día eso te costará la vida”.

Los komandos orkos siempre iban en parejas, por eso los luchadores humanos que los emboscaban también se organizaban en parejas. No aquel día. De la oscuridad apareció un tercer orko que no debería haber estado allí. Rodor volvió la cabeza justo a tiempo para ver la sonrisa cruel del orko mientras éste le apoyaba su enorme akribillador en el pecho y abría fuego durante mucho más tiempo del necesario, convirtiéndole en jirones. Cuando el eco se extinguió, Marius ya llevaba varios segundos en pie y estaba corriendo por su vida.

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Si se dejaba llevar por el pánico, si dejaba de pensar fríamente, moriría. Los pocos días de entrenamiento volvieron a él como si hubieran tenido lugar esa mañana. Sabiendo que el orko le perseguiría sin dudar, Marius escogió el tunel más estrecho que pudo, lleno de tuberías verticales y zonas en las que el techo se había desprendido, dificultando el paso. A pesar de ello, la criatura le perseguía de cerca. Disparaba su akribillador al azar, sabiendo que era imposible acertar a Marius entre tantos obstáculos, pero deleitándose con el ruido que hacía. El humano sonrió. Tenía un plan.

Deslizándose a la izquierda en la primera intersección, se dirigió a una zona en que el túnel se había colapsado, abriéndose sobre otra cañería y formando una suerte de piscina natural de deshechos. Era uno de esos lugares que los luchadores humanos habían memorizado por sus condiciones: la caída aturdiría al orko, y al estar inundado inundado le impediría utilizar su masa eficazmente.

Cuando el komando volvió la esquina, se paró unos segundos. El humano no estaba en ningún lugar a la vista, y ante él sólo había una cascada de deshechos. Un ruido le hizo girarse, pero una fracción de segundo demasiado tarde. Sólo pudo ver las botas de Marius estrechándose contra su cara.

Ambos cayeron durante unos segundos interminables, y Marius se encontró recordando el día en que entró a formar parte de la guerrilla subterránea.

“Hombres de la Colmena Hades. Todos me conocéis. Soy el comisario Yarrick”.

Orko y humano cayeron a la vez en la piscina, pero Marius reaccionó antes, lanzándose sobre su enemigo cuchillo en mano. Olvidadas las armas, olvidado todo atisbo de civilización, pronto estuvieron enzarzados en un abrazo mortal.

“Los orkos que invaden nuestro planeta os lo han quitado todo”.

Los brazos del orko rodeaban a Marius. A pesar de lo que le costaba cerrar su presa, la fuerza del orko era terrible. Marius pudo sentir cómo sus huesos crujían, agrietándose dentro de su cuerpo, cediendo a la presión inexorable del komando.

“Vuestras vidas”

Marius maniobró con el cuchillo, intento acuchillar su vientre.

“Vuestras casas”

Rasgando su correosa piel, hundió el cuchillo hasta la empuñadura.

“Vuestras familias”

Marius giró retorció el cuchillo en su interior, y la presión del orko se aflojó.

“Pero os han dejado un regalo en su lugar”

Agarrándolo con ambas manos, lo movio de lado a lado, y notó como la herida se convertía en un torrente de sangre y órganos.

“La venganza”.

Alzándose sobre el orko moribundo, Marius agarró con delicadeza, casi con mimo, su cabeza.

“Bajaréis a los túneles de deshecho de la colmena, equipados con lo poco de lo que podemos prescindir. La mayoría moriréis en unos días en los combates. El resto moriréis en unas semanas por los residuos”.

Acercándose hasta casi tocar con su nariz las porcinas fosas nasales del orko, posó la punta de su cuchillo en el ojuelo de la criatura.

“Pero haréis lo que debe hacerse. Defenderéis la colmena de los invasores. Haréis lo que haya que hacer.”

Marius le susurró al orko, que no paraba de gruñir. “Saeeva. 28 años. Konri. 10 años. Luri. 8 años. Rikon. 6 meses”.

“Lo que haya que hacer”.

Marius hundió el cuchillo hasta el cerebro, y sintió la única alegría que había experimentado desde que descubrió los restos de su familia en los niveles inferiores de la colmena Hades. No podría decir cuánto duró, pero cuando recuperó el sentido del tiempo, los ruidos del resto de los incursores orkos se acercaban.

Unos minutos después, una docena de orkos se abrió paso hasta la tubería rota. En el centro de la piscina sólo había un cadaver, horriblemente mutilado, de uno de los komandos.

“Uno de ezoz humanoz ha acabao con Rigor, jefe. Era el último de la avanzadilla” -señaló uno de ellos.

“Rigor era idiota zi ze dejo matar por un zonrozado”-gruñó el noble, dando la vuelta al cadaver.

Abrazado al orko estaba Marius, el cuchillo en una mano, la otra bajo el chaleco del komando. “Lo que haga falta” -musitó, y tiró de las anillas de las granadaz del orko.

En el reducido espacio la explosión sonó como el fin del mundo, y lo fue para Marius y los orkos, pero en la superficie ni siquiera se sintió un temblor. En las trincheras, los soldados seguían aferrándose a sus rifles láser, esperando y temiendo la siguiente oleada orka. En los cubículos, las madres contaban cuentos a sus hijos, intentando mantenerles ajenos a la barbárie que les rodeaba. De todos los cientos de millones de habitantes de la colmena Hades, sólo un hombre entendía la magnitud del sacrificio de los héroes que lo habían perdido todo menos el deseo de venganza, que bajaban a los túneles para detener a los enemigos que intentaban infiltrarse en las líneas imperiales desnudos, sólo con cuchillos y pistolas: sólo un hombre comprendía lo salvaje, lo brutal, de su olvidada lucha en la oscuridad. “Y que el Emperador me maldiga” -se dijo Yarrick- “si viviera mil vidas se lo volvería a ordenar mil veces más”.

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Esta entrada fue publicada por Malvadoingles.

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