Torneo de iniciación: Fase 4 – Guardia Imperial vs. Eldar Oscuros

Courth flexionó una vez más su mano prostética, pensativo. El implante era reciente, y el húmedo clima de Pelcis no ayudaba especialmente a que funcionara como es debido. Agarrándose al flanco del baqueteado Chimera que le transportaba con la mano sana, no podía evitar recordar cómo había perdido el brazo: el coloso carmesí con ojos desorbitados, la imposible velocidad con la que blandía la estruendosa hacha sierra que acabó con la mitad de su escuadra hasta que el recluta Nynn le disparó un rifle de fusión a bocajarro, cómo aún después de estar a todas luces muerto fue capaz de dar aquel último golpe que convirtió su mano en un amasijo de huesos quebrados y sangre y decapitó al sargento Yonsy, el bravucón y valiente sargento Yonsy, siempre con su puro en primera línea del frente. Y, peor que todo lo demás, su risa, la risa enloquecida del berserker, coreando el nombre de su maligno dios aún mientras moría.

Ahora el LXII de Cadia se dirigía a combatir a un enemigo distinto. De camino a otro teatro de operaciones, el transporte de tropas se había desviado para responder a la petición de auxilio de la colonia agrícola Pelcis. Pobre, escasamente defendida y de nulo valor estratégico; a nadie se le ocurrió que nadie pudiera estar interesado en ella. Parece ser que los Eldar oscuros no opinaban lo mismo. Aún ahora, apenas unas horas después de la primera incursión, la columna de Chimeras se veía flanqueada por columnas de refugiados que llevaban todas sus posesiones a sus espaldas y huían en dirección opuesta al frente. Courth observó sus rostros, su agotamiento, su incomprensión, y, sobre todo, su terror. “No, no venimos a combatir un enemigo distinto” -pensó el veterano- “todos son el mismo: la guerra. La guerra nunca cambia. Y siempre la sufren los mismos”.

Sobre su cabeza un estallido anunció que una cañonera Vendetta acababa de romper la barrera del sonido. “Coronel, aquí la Boadicea. Divisamos al enemigo. Contamos tres, no, cuatro transportes ligeros modelo Incursor, dos al este y dos al oeste, un par de vehículos que responden al patrón Ponzoña y que parecen contener a sus oficiales y a una escuadra de guerreros de élite, también al este, y tres que han sido identificados como Devastadores, divididos a lo largo de toda la línea. La zona es un infierno de ruinas, señor, y los vehículos están moviendo bajo y maximizando la cobertura, pero se mueven a toda velocidad hacia nuestra posición. Hemos identificado los seis objetivos tácticos, los refugios de civiles, pero desde aquí es imposible saber si están ocupados o no. ¿Órdenes?”. “Roger, Boadicea. Estableceremos un perímetro defensivo aquí y aguantaremos su envite. Después lanzaremos un contraataque. Vuelva a la formación”.

Philby viró con la agil cañonera y se dispuso a volver a sus posiciones. De camino observó el despliegue de las fuerzas imperiales: la rapidez de los eldar oscuros les había robado el terreno fortificado, pero frente a su zona había una franja de tierra de nadie bastante despejada que permitiría que la Guardia disparara a gusto. El coronel había desplegado una escuadra de veteranos sobre unas amplias ruinas al este, la única cobertura, controlando un objetivo, y los había flanqueado con el Aquíles de los pies ligeros y el Odiseo el paciente, un escuadrón de Leman Russ Exterminator. Ocultó tras las ruinas, el Apolo del arco de plata, un fuertemente artillado Mantícora, preparaba sus misíles Stormeagle.

El Ajax el poderoso, un Tanque de Batalla Leman Russ, formaba la punta del ariete del contraataque en el flanco oeste con su formidable cañón de batalla, protegiendo con su blindaje dos Chimeras, uno con veteranos y otro con la escuadra de mando del propio coronel, todos ellos pegados a un edificio en ruinas. Tras él alto edificio, la Reina Circe, otra vendetta, esperaba junto a la posición que le correspondía a la Boadicea.

No bien acababa de situarse en posición, oscuros rayos de energía oscura comenzaron a surgir de los vehículos eldar oscuros. Moviéndose con engañosa elegancia, los terribles rayos atravesaban el blindaje más espeso con absoluta impunidad. El Aquiles de los pies ligeros y el Ajax el poderoso recibieron sendos impactos y se convirtieron en bolas de fuego. Philby observó con estupor como la tripulación intentaba escapar de ambos tanques sólo para ser absorbida entre estremecedores gritos por lo que parecía un agujero negro en miniatura donde los rayos habían impactado. “¿Qué son estas cosas contra las que estamos luchando?”, se preguntó aterrorizado. Detrás de él, su copiloto empezó a gritarlo por el enlace de radio, y Philby se giró justo a tiempo para ver cómo una descarga de rayos oscuros se abalanzaban sobre la Boadicea. “¡Maniobras evasivas, maniobras evasivas! ¡Nos han alcanzado, repito, nos han alcanzado!”. “Motores a toda potencia, ¡ahora!” Con un tirón del acelerador, Philby convirtió a la Boadicea en un borrón indistinguible, esquivando las ruinas y el fuego antiaéreo como sólo un piloto experto (y afortunado) es capaz, y refugiándose en el laberinto de ruinas de donde habían surgido los eldar.

“¡Por las pelotas sagradas del Emperador! ¡Nos están diezmando! ¡Reina Circe, quiero que muevas tu culo de esas ruinas y me abras un camino de muerte y destrucción entre esos Devastadores! El resto de unidades, demostradles que nosotros también tenemos rayos mortales. ¡Rodillas en tierra, y fuego con todo!” -estalló la voz del coronel en la radio. Por algún motivo, no importa cuántos gritos saturaran la radio, el coronel siempre lograba hacerse oír. Como un solo hombre, la Guardia respondió a su llamado: los veteranos dispararon sus lanzagranadas mientras los Chimeras exigían el máximo a sus orugas para ponerse en la mejor posición para disparar sus multilaser. De los Incursores llegaron las risas cristalinas de las brujas, deleitándose con la destrucción mientras sus gráciles vehículos se movían esquivando los disparos como si estos se produjeran a cámara lenta… hasta que un incursor lleno de guerreros de la cábala fue alcanzado en los motores y se precipitó en llamas contra el suelo, produciendo un enorme cráter. Los cabalitas sufrieron unas cuantas bajas, pero lograron sobrevivir a lo peor del impacto gracias a su extraordinaria tecnología. La Reina Circe subió a la estratosfera a toda velocidad, y viró en un temerario picado, disparando sus cañones láser a toda velocidad contra un Devastador. Sorprendido por un mal ángulo, el vehículo, poco más que una plataforma de armas con motores formidables, estalló brutalmente. Otro Devastador y un Incursor lleno de cabalitas sufrieron graves daños cuando las letales cabezas de racimo del Apolo del arco de plata los rociaron de explosivo de alta potencia. El ponzoña que llevaba al grupo de mando no tuvo tanta suerte y se convirtió en chatarra, aunque la Súcubo y su escolta se sacudieron el polvo y reanudaron la carga a pie.

Sorprendidos por la brutal tormenta de fuego de la Guardia Imperial, los eldar oscuros se dispersaron, y el castigo a que estaban sometiendo a los imperiales flaqueó. Así y todo, se cobraron sus víctimas: el Odiseo el paciente fue aniquilado por otra salva de energía oscura, y el Ponzoña que seguía operativo depositó una escuadra de Legítimos de la Cábala con bláster en el tercer piso de unas ruinas, junto a un objetivo, y dispararon sin piedad al Reina Circe, que sólo se salvó de la destrucción gracias a que se desplazaba a velocidad punta. El Devastador que estaba intacto retrocedió en un giro imposible para cualquier nave humana y se planto entre las ruinas, amenazando al Boadicea con sus tres lanzas oscuras. Quemando combustible de alto octanaje, la cañonera se refugió detrás de unas ruinas, evitando los disparos.

Aprovechando que momentáneamente estaba fuera de la visión del Devastador, Philby decidió lanzar un órdago. Pasando de los motores orbitales a los atmosféricos en un procedimiento que hubiera hecho llorar a un tecnosacerdote, Philby dió un frenazo y movió la Boadicea lateralmente, sorprendiendo al Devastador por el flanco. La cañonera, con brutales daños estructurales, respondió fielmente y el artillero impactó con sus tres cañones láser en el Devastador, derribándolo al tiempo que los misiles del Apolo del arco de plata convertían en chatarra ardiente el otro Devastador y el Incursor adyacente, arrancando de facto los dientes de los eldar oscuros… o eso pensaban los imperiales. “¡Sí, joder, sí!” -escucharon gritar al coronel por la radio mientras se bajaba de su Chimera de mando para ocupar unas ruinas y disparar a gusto a la escuadra de cabalitas que ocupaban el cráter de su Incursor estrellado… y el refugio más abarrotado de todos- “¡Coño, enseñadles por qué nos llaman el Martillo del Emperador! ¡Porque rompemos las pelotas de los que vienen a joder a la Guardia Imperial!”. Tras recibir un impacto casual que destruyó su multiláser, el Chimera del coronel se lanzó sobre los guerreros, rociándolos de promethium en llamas, pero quedándose inmovilizado en el cráter.

Desde el interior de su Chimera, escuchando a sus camaradas disparar sus lanzagranadas contra el enemigo, Courth intentaba hacer funcionar la radio cuando escuchó una extraña transferencia. “Callad al mon keigh. Sus bravuconadas me aburren”. “¡Cuidado, señor!”, gritó, pero era demasiado tarde: un Incursor lleno de brujas se lanzó sobre las ruinas en que se encontraba el coronel, y Courth tuvo que ver con ojos aterrados como la bella líder de las guerreras le destripaba con un movimiento casual y una risa de dolorosa belleza. A apenas unos metros, los veteranos que ocupaban las ruinas del este fueron tiroteados hasta la muerte por unos guerreros de la Cábala. Los gritos que proferían cuando sus cuerpos eran invadidos por las toxinas y su sangre se convertía en cristal molido le estremecieron hasta la columna. “¡No! ¡Otra vez no! ¡Las risas no! ¡Vamos a morir todos!”.

Su sargento le abofeteó “¡Cállate! ¡Te vas a callar, vas a mover el culo, a salir de este Chimera, a tomar las ruinas y te va a gustar, soldado! ¡¿Me he explicado bien, comemierda?!”, “¡Señor, sí, señor!, gritó toda la escuadra a la vez, mientras salían a tomar las ruinas, caminando sobre los cadáveres de sus compañeros. La Reina Circe se movía arriba y abajo desde la estratosfera, haciendo picados terribles que se cobraron las vidas de los Legítimos de la Cábala, mientras la Boadicea salió desde detrás de las ruinas moviéndose lateralmente y descargando sus cañones láser sobre los transportes de los eldar oscuros, acabando con todos los que quedaban. Los guerreros de la cábala del cráter recibieron el fuego desorganizado de lo que quedaba de la Guardia Imperial pero, aunque reducidos a sólo tres hombres, se mantuvieron firmes sobre su posición junto al objetivo principal.

Courth, todavía no repuesto de su crisis, se atrincheró en las ruinas y apuntó con su rifle láser. La mano le dolía más que nunca, y al levantar la vista sintió cómo se le paraba el corazón: una criatura visiblemente corrupta hasta la médula, pero de tan tremenda belleza que dolía mirarla, se acercaba a su escuadra a toda velocidad junto a cuatro compañeras igual de terribles. Sólo podía ser la comandante enemiga. El sargento levantó su espada sierra: “¡Hombres de la Guardia! ¡Disparad, por el Emperador, disparad como nunca habéis disparado!”. Courth, en primera línea, puso su rifle láser en automático y disparó sin contención alguna, pero las brujas simplemente saltaban esquivando los disparos y riendo como si fuera un juego. Con un sonoro pitido, el rifle láser se quedó sin munición, y Courth ya sólo tuvo tiempo de levantar la vista y ver paralizado como la criatura le decapitaba con un golpe casual de un látigo de cuchillas. Toda la escuadra había sido aniquilada, y el enemigo controlaba los dos objetivos más importantes. Las cosas pintaban mal para la Guardia.

Sabiendo que apenas les quedaban unos minutos antes de que los Eldar oscuros se desvanecieran de vuelta a sus oscuros dominios con todos los civiles, la Reina Circe metió el turbo y se aproximó a los guerreros de la Cábala del cráter junto al único Chimera que quedaba intacto. Disparando a toda potencia, lograron aniquilar a los guerreros a pesar de su cobertura. “¡Aquí Reina Circe! ¡Tenemos el refugio principal, pero no servirá de nada mientras las brujas controlen el de las ruinas!”.

“Roger a eso, Reina Circe. Aquí la Boadicea. Controlo otro refugio secundario, y tengo línea de visión a las brujas.” Fijando la retícula en la Súcubo, Philby contuvo la respiración y musitó: “Muere, puta.”. Apretó el disparador y tres lanzas láser surcaron el aire con mortal precisión. Viendo lo que se le venía encima, la súcubo agarró a otra de las brujas por el cuello y la interpuso en el camino de uno de los rayos mientras saltaba para esquivar los otros dos. El primer rayo golpeó en las ruinas, dejando un surco de piedra ennegrecida, pero el segundo impactó plenamente en la Súcubo. Atrapada en la energía mortal de un arma diseñada para destruir los blindados más pesados, toda velocidad fue inútil y se disolvió con un chillido que pudo oírse en la mismísima Commoragh. Desmoralizadas por la muerte de su líder, el resto de las brujas se dieron la vuelta y huyeron, dejando intacto el último refugio, y uniéndose al resto de eldar oscuros en retirada. Pelcis estaba a salvo… por ahora.

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